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Mrs.Exception
En la red soy Mrs.Exception, y bueno soy una chica de 16 años a la que le gusta escribir pero siempre lo deja todo de lado. Así que esta vez me he propuesto acabar esta historia: "La luna de Salem"
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viernes, 25 de febrero de 2011

Yo dije que iría a donde tú fueras, pero al parecer los roles se han intercambiado.



Tras esa discusión nuestras palabras son más escasas y las comidas silenciosas. Mis pasos siguen los suyos, puesto que reemprendemos la marcha, sin saber aún a dónde me dirijo. No es porque ya no confíe en él sino que sus comentarios me resultaron fríos y egoístas pero después de pensar en lo que dijo creo que tiene razón, no podíamos correr el riesgo de ser vistos y menos de salvar a alguien condenado delante de todo un pueblo. Sería un acto suicida, y creo que después de todo lo ocurrido ninguno de los dos queremos morir. Pero soy tan orgullosa que no pienso admitir que tiene razón, no voy a decírselo, aunque tampoco me gusta intercambiar dos frases al día las cuales siempre se desarrollan de la misma forma:

-¿Te encuentras bien? –pregunta él cerca del medio día.

-Sí, estoy bien-contesto.

Y luego a la hora de comer otra conversación nos asalta:

-Cuando paremos en otro pueblo cogeremos más comida.

-Vale-murmuro.

Él me mira, lo sé porque noto sus ojos turquesas mirándome comer o caminar, me mira constantemente. La palabra exacta es vigilar. Me vigila constantemente como si fuese una niña pequeña o quizás un cofre de oro que debe llegar con todas sus monedas a su destino.

Ahora comprendo que lo que produjo su bofetada fue una real estupidez, era presa del miedo y la culpabilidad, al igual que la impotencia por no poder hacer nada. Pero él tampoco se ha disculpado por haberme pegado por lo que yo tampoco me disculparé. Pienso que ambos somos demasiado tozudos y eso no es nada bueno ya que tendremos más de una discusión si seguimos así y el silencio no me hace bien, y al parecer a él tampoco. El silencio le hace tararear canciones populares, y durante dos días seguidos lleva tarareando la misma canción, puede que se haya quedado sin repertorio.

Por la noche, cuando paramos en un bosque de frondosos árboles y troncos macizos, decido hablarle. Estoy tumbada sobre la hojarasca, algo incómoda por las piedras que se clavan en mi espalda, pero eso es lo de menos.

-Te he seguido sin dudar desde que me salvaste, podría no haberlo hecho. Llámalo instinto de supervivencia quizás, pero en estos momentos esa seguridad flojea. Puede que… sea hora de separarnos y cada uno siga su camino. No sé a dónde te diriges y quizás no es el camino que yo debo seguir.

Me mira sonriendo como aquel día, del cual hará ya una semana, en el que me rescató de morir ahogada, con esa sonrisa burlona e infantil pintada en su rostro. Una sonrisa de triunfo, porque he hablado sin que él me preguntase pero en sus ojos se refleja su disgusto, creo que puede ser.

-Si has confiado en mí hasta ahora, confía en mí unos pocos días más. Dijiste no saber a dónde ibas, y comenzaste a caminar, yo simplemente te sugerí ir a casa de mi hermana para pasar la noche. La decisión de haber continuado conmigo ha sido tuya, pues yo dije que iría a donde tú fueras, pero al parecer los roles se han intercambiado. Esa noche en mi casa me dio bastante en lo que pensar, y por eso caminamos en esta dirección, no te obligo a seguirme, pero sí te lo sugiero.

No respondo, pero el silencio asiente por mí. El silencio a veces es la mejor respuesta, dependiendo del tono de voz de los hablantes, del tema de la conversación, del camino que sigue dicha conversación,… El silencio puede afirmar o negar, y a veces incluso ponerlo en duda.

sábado, 19 de febrero de 2011

Pensaba que eras diferente, que te preocupabas por los demás



Lo miro y niego con la cabeza, podemos pasar en silencio quizás un cuarto de hora, pero el tiempo pasa de forma rápida. Me mira y sonríe de oreja a oreja:

-Me gustan tus ojos, son… ¿violetas? No había visto jamás unos ojos de ese color.

Me limito a asentir y contestar:

-Mi madre decía que tenía los ojos de mi padre. Son… peculiares.

Tras intercambiar ese simple par de frases nos dirigimos al pueblo que hay cerca de la casa de Eve. Eleazar lleva la capucha de su capa echada sobre la cabeza, ocultando sus cabellos y parte de su rostro de la mirada del resto de las personas. Poco a poco nos adentramos en las calles polvorientas del pueblo hasta llegar a una plazoleta que debe ser el centro, donde se encuentra reunida la mayoría del pueblo.

La gente rodea una plataforma de madera, pero no logro ver más, ya que todos son más altos que yo y no alcanzo a reconocer lo que hay sobre ella. Eleazar tira de mi brazo sacándome de la multitud y conforme nos alejamos logro comprender que la gente se ha congregado alrededor de una horca. Un poste de madera de forma vertical y otro sobre este pero de forma horizontal, y de este último una cuerda que pende. Trago saliva y giro la cabeza mirando a Eleazar intentando buscar un por qué en su mirada, pero simplemente rompe el contacto visual y nos lleva hasta una callejuela.

-Lo siento, no sabía que… Bueno es algo normal ya aquí pero yo no pretendía que…

-No pasa nada, no eres adivino-digo interrumpiendo sus excusas balbuceadas.

Se levanta un poco la capucha unos segundos para volver a dejarla caer y tomarme de la mano, guiándome por una calle con puestos de comida que se encuentran vacíos en este momento, sin nadie que los vigile. Alcanzo a ver la sonrisa socarrona de Eleazar que introduce un par de manzanas, unas mazorcas de maíz y una botella de ron en su bolsa. Se mueve de forma segura y rápida y cuando ha introducido lo que cree que es necesario en su bolsa me vuelve a tomar del brazo y recorremos el resto de la calle en silencio, no comento nada acerca de su hurto pues en época de hambre la comida es bien recibida proceda de donde proceda. Además, la culpa la tienen los comerciantes por no estar en sus lugares de trabajo. Pero claro, están más ocupados viendo como ahorcan a una persona inocente.

Me paro en seco y él se gira para mirarme, mi rostro parece reflejar todos mis pensamientos por lo que él responde:

-Lise, no podemos hacer nada por él. A mí me conocen, y te digo que esos no olvidan una cara, y menos aún si has conseguido escapar. Déjalo, olvídalo Liselotte, tú has conseguido sobrevivir no todo el mundo puede…

Lo miro incrédula y digo sin pensar:

-Pensaba que eras diferente, que te preocupabas por los demás, que harías todo lo posible por ayudar a personas que están en condiciones similares a la nuestra.

-No soy un santo, ni soy médico, ni cura, ni nada. Nunca seré nadie Liselotte, siempre viviré a la sombra y tendré que llevar cuidado con que no me vuelvan a acusar de brujería. No puedo ir por ahí salvando a todo el mundo. Y no pienso rescatar a una persona condenada a la horca, que tiene decenas de miradas observando su sufrimiento.

Cada palabra que escapa de sus labios es como un trozo de vidrio afilado que primero araña mi piel, para luego atravesarla con facilidad y alcanzar mis pensamientos que quedan destrozados. Se me seca la garganta y aprieto los puños para contenerme, intento morderme la lengua, pero no sirve para nada:

-¿Ah sí? Quizás deberías haberme dejado morir a mí también.

Su mano contra mi mejilla provoca un sonido apenas perceptible, ya que en la plaza la gente grita de felicidad una vez los pies del pobre hombre levitan sobre el suelo con una trayectoria circular e inerte.Me quedo mirando a Eleazar confusa y me llevo la mano a mi mejilla dolorida, aún sorprendida por su bofetada. No me toma de la mano, no me dice nada, simplemente continúa andando por la calle. Lo sigo arrastrando mis pies, como si no estuviese del todo sobre la tierra. Es más, estoy con la cabeza en las nubes y con mis ideas enmarañadas. “¿Por qué me ha pegado?”, me pregunto intentando dar una respuesta, la cual acabo por encontrar: “Porque no quiere que digas eso, porque quizás… le importas.” ¿Importarle a alguien a quien apenas conozco? No me parece algo razonable, simplemente son ideas incoherentes.

Regresamos al camino de tierra mientras el sol se encuentra en lo más alto, y pensar, que aún nos queda un largo día por delante, y no solamente un día, sino todos los que vaya a estar bajo el amparo de Eleazar.

viernes, 11 de febrero de 2011

Yo sé diferenciar cuándo algo es producto de mi imaginación y cuándo no.



No consigo conciliar el sueño después de lo sucedido, ¿y si no era real y me lo había imaginado? Cuando la luz de la mañana comienza a iluminar el lugar observo a Eleazar dormido a unos cinco metros de distancia. Suspiro y me pongo en pie dirigiéndome hacia él para volverme a tumbar pero esta vez a su lado. “Quizás todas las voces que escuché por la noche no fueron más que delirios causados por la fiebre o un mal sueño”, pienso.

A su lado, me siento protegida, quizás porque él fue quien me salvó en el lago o porque ha estado cuidando de mí sin que yo se lo haya pedido, pero se ha ganado mi confianza. Lo miro mientras duerme y puedo pasar así horas, porque no despierta hasta que el sol ya está en lo alto. Cuando abre los ojos se sobresalta, porque no espera encontrarme allí tan cerca de él. Me limito a sonreír para luego decirle:

-¿No escuchaste ningún ruido anoche?

Él frunce el ceño negando con la cabeza mientras se estira desperezándose y añade riéndose:

-Lo habrás soñado. Tienes pinta de lunática, de esas que tienen mucha imaginación y se inventan cosas como… caballos con alas o mariposas asesinas.

-No soy una lunática, tengo los pies bien puestos sobre la tierra. Pero usted señor Eleazar se burla de mí constantemente-digo intentando mostrarme indignada.

-Disculpe usted señorita escucho ruidos por las noches-dice poniendo los ojos en blanco mientras se sienta y se revuelve el pelo.

-Claro que los escuché, porque eran reales. Y había un perro, bueno un lobo. En realidad no sé lo que era, pero se me tiró encima… y luego… Luego se fue como llorando-dije recordando.

Aprieta los dientes. Me gustaría saber qué es lo que pasa por su mente en estos momentos, pero resulta imposible. Cuando se pone a pensar no tiene expresión en el rostro, es decir no está serio pero tampoco está sonriendo, está como perdido en sus pensamientos sin mirar nada pero con los ojos abiertos.

-Eleazar-susurro intentando llamar su atención.

Me mira, pero me doy cuenta de que no me está mirando a mí sino a algo que hay detrás de mí. Giro la cabeza mirando por encima de mi hombro, pero no hay nada ni nadie. ¿Entonces qué es lo que ha visto Eleazar?

-Ele… ¿se puede saber que…?-comienzo a preguntar pero no me deja finalizar pues me contesta antes:

-No pasa nada, pensé que había algo ahí. Pero estaba equivocado-sonríe con picardía antes de continuar-. Por lo menos yo sé diferenciar cuándo algo es producto de mi imaginación y cuándo no.

viernes, 4 de febrero de 2011

Toda persona posee una máscara de felicidad, pero depende de ella utilizarla.



Me entrega el vaso, cierra la botella y se queda pensando en silencio, mirando a un punto fijo del tronco de un árbol, mientras yo me bebo el contenido del vaso con un único trago. El sabor de aquel líquido es horrible pero me hace sentir un poco mejor de forma instantánea. Miro mis manos y jugueteo con la manzana entre mis dedos esperando su respuesta, pero él, se pone en pie sin decir palabra y comienza a caminar mordiendo la manzana. Tardo unos segundos en aceptar que quizás mi pregunta le haya molestado. Me apresuro para alcanzarlo y me prometo que esta vez no me pararé en el camino, porque n o quiero hacerlo enfadar. No sé si está enfadado, pero por si acaso prefiero mantenerme en silencio y seguir sus pasos, como si fuese su sombra.

Caminamos hasta que el cielo comienza a perder su color azul y es sucedido por el color anaranjado del atardecer. Entonces Eleazar se para de repente y se sienta en la hierba dejando la bolsa a un lado. Supongo que ya hemos llegado al lugar donde vamos a pasar la noche, no es un mal lugar. El claro puede pasar por un círculo casi perfecto y protegido por los árboles que lo rodean.

Me siento sin cuidado sobre la hierba, a unos cuantos pies de distancia de él, y entonces es cuando habla, con un tono de voz neutro, y mirándome de reojo:

-Me acusaron de brujería cuando tenía trece años y mi padre dijo que era cierto, que debía ser condenado. Mi padre dejó que me llevasen y por poco me queman pero conseguí escapar. No pensaba regresar a Salem después de aquello y mucho menos visitar a mis padres, debía dejar un margen de tiempo por seguridad.

Lo miro manteniéndome en silencio y me tumbo sobre mi espalda cerrando los ojos, agazapándome como siempre y me pregunto qué habrá sido de Snuff, mi gato. Pero luego, paso de ser tan materialista para pensar en lo que ha sufrido Eleazar, en qué habrá hecho durante todo este tiempo en el que ha vivido sólo. Por eso me ha ayudado, porque sabe lo que siento. Pero yo no lo comprendo a él. Ser acusado por un padre debe ser algo atroz, traicionar a tu propio hijo, condenarlo a muerte. Y eso me hace volver a pensar en mí. Si mi padre hubiese vivido conmigo y con mi madre, si lo hubiese conocido, ¿cómo habría reaccionado ante las acusaciones del pueblo llamándonos brujas? ¿Nos habría entregado o por el contrario nos habría defendido? O quizás… habría fingido estar hechizado para salir impune del asunto y decir que no sabía que éramos. Dándole vueltas a aquellas ideas, quedo dormida bajo la luz del atardecer y el rostro de Eleazar mirándome desde arriba sin que me percate.

Susurros, escucho susurros, voces agudas, voces graves, femeninas, masculinas, me levanto e intento ver algo en la oscuridad. Escucho una respiración pesada y profunda cerca de mí, pero no parece humana sino más bien de un animal. De mis labios no sale ningún sonido y respiro de forma silenciosa intentando mantener la calma, pero noto que algo se acerca, siento que se encuentra a escasos pies de mí. Pero temo que me ataque si me moviese, en el caso de que sea un animal. Llevo una mano hacia la hierba necesitando algo a lo que aferrarme por el miedo y escucho un gruñido pero solo me da tiempo de gritar porque al poco tiempo lo tengo encima. Parece ser un perro, pero es demasiado grande para serlo. Me tumba en el suelo y cuando espero su mordisco escucho cómo solloza, parece llorar, y retrocede asustado corriendo de vuelta por donde vino. Me llevo la mano al pecho asustada, intentando buscar en la oscuridad la silueta de Eleazar, pero me es imposible.