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Mrs.Exception
En la red soy Mrs.Exception, y bueno soy una chica de 16 años a la que le gusta escribir pero siempre lo deja todo de lado. Así que esta vez me he propuesto acabar esta historia: "La luna de Salem"
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sábado, 19 de febrero de 2011

Pensaba que eras diferente, que te preocupabas por los demás



Lo miro y niego con la cabeza, podemos pasar en silencio quizás un cuarto de hora, pero el tiempo pasa de forma rápida. Me mira y sonríe de oreja a oreja:

-Me gustan tus ojos, son… ¿violetas? No había visto jamás unos ojos de ese color.

Me limito a asentir y contestar:

-Mi madre decía que tenía los ojos de mi padre. Son… peculiares.

Tras intercambiar ese simple par de frases nos dirigimos al pueblo que hay cerca de la casa de Eve. Eleazar lleva la capucha de su capa echada sobre la cabeza, ocultando sus cabellos y parte de su rostro de la mirada del resto de las personas. Poco a poco nos adentramos en las calles polvorientas del pueblo hasta llegar a una plazoleta que debe ser el centro, donde se encuentra reunida la mayoría del pueblo.

La gente rodea una plataforma de madera, pero no logro ver más, ya que todos son más altos que yo y no alcanzo a reconocer lo que hay sobre ella. Eleazar tira de mi brazo sacándome de la multitud y conforme nos alejamos logro comprender que la gente se ha congregado alrededor de una horca. Un poste de madera de forma vertical y otro sobre este pero de forma horizontal, y de este último una cuerda que pende. Trago saliva y giro la cabeza mirando a Eleazar intentando buscar un por qué en su mirada, pero simplemente rompe el contacto visual y nos lleva hasta una callejuela.

-Lo siento, no sabía que… Bueno es algo normal ya aquí pero yo no pretendía que…

-No pasa nada, no eres adivino-digo interrumpiendo sus excusas balbuceadas.

Se levanta un poco la capucha unos segundos para volver a dejarla caer y tomarme de la mano, guiándome por una calle con puestos de comida que se encuentran vacíos en este momento, sin nadie que los vigile. Alcanzo a ver la sonrisa socarrona de Eleazar que introduce un par de manzanas, unas mazorcas de maíz y una botella de ron en su bolsa. Se mueve de forma segura y rápida y cuando ha introducido lo que cree que es necesario en su bolsa me vuelve a tomar del brazo y recorremos el resto de la calle en silencio, no comento nada acerca de su hurto pues en época de hambre la comida es bien recibida proceda de donde proceda. Además, la culpa la tienen los comerciantes por no estar en sus lugares de trabajo. Pero claro, están más ocupados viendo como ahorcan a una persona inocente.

Me paro en seco y él se gira para mirarme, mi rostro parece reflejar todos mis pensamientos por lo que él responde:

-Lise, no podemos hacer nada por él. A mí me conocen, y te digo que esos no olvidan una cara, y menos aún si has conseguido escapar. Déjalo, olvídalo Liselotte, tú has conseguido sobrevivir no todo el mundo puede…

Lo miro incrédula y digo sin pensar:

-Pensaba que eras diferente, que te preocupabas por los demás, que harías todo lo posible por ayudar a personas que están en condiciones similares a la nuestra.

-No soy un santo, ni soy médico, ni cura, ni nada. Nunca seré nadie Liselotte, siempre viviré a la sombra y tendré que llevar cuidado con que no me vuelvan a acusar de brujería. No puedo ir por ahí salvando a todo el mundo. Y no pienso rescatar a una persona condenada a la horca, que tiene decenas de miradas observando su sufrimiento.

Cada palabra que escapa de sus labios es como un trozo de vidrio afilado que primero araña mi piel, para luego atravesarla con facilidad y alcanzar mis pensamientos que quedan destrozados. Se me seca la garganta y aprieto los puños para contenerme, intento morderme la lengua, pero no sirve para nada:

-¿Ah sí? Quizás deberías haberme dejado morir a mí también.

Su mano contra mi mejilla provoca un sonido apenas perceptible, ya que en la plaza la gente grita de felicidad una vez los pies del pobre hombre levitan sobre el suelo con una trayectoria circular e inerte.Me quedo mirando a Eleazar confusa y me llevo la mano a mi mejilla dolorida, aún sorprendida por su bofetada. No me toma de la mano, no me dice nada, simplemente continúa andando por la calle. Lo sigo arrastrando mis pies, como si no estuviese del todo sobre la tierra. Es más, estoy con la cabeza en las nubes y con mis ideas enmarañadas. “¿Por qué me ha pegado?”, me pregunto intentando dar una respuesta, la cual acabo por encontrar: “Porque no quiere que digas eso, porque quizás… le importas.” ¿Importarle a alguien a quien apenas conozco? No me parece algo razonable, simplemente son ideas incoherentes.

Regresamos al camino de tierra mientras el sol se encuentra en lo más alto, y pensar, que aún nos queda un largo día por delante, y no solamente un día, sino todos los que vaya a estar bajo el amparo de Eleazar.