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Mrs.Exception
En la red soy Mrs.Exception, y bueno soy una chica de 16 años a la que le gusta escribir pero siempre lo deja todo de lado. Así que esta vez me he propuesto acabar esta historia: "La luna de Salem"
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miércoles, 22 de junio de 2011

Snuff, el pájaro aguamarina y el lobo feroz.



Una serie de murmullos se agolpan en mis oídos, Eleazar se apresura hasta llegar a mí y se arrodilla, lo sé porque lo noto cerca y escucho sus pasos. Pero pronto percibo otra serie de movimientos que para nada son de Eleazar. Mis labios se entreabren y dejan a Eleazar verter entre ellos aquel líquido oscuro, que acaba por derramarse por la comisura de mis labios. Algo lo aparta de mi lado haciendo caer la jarra que él sujetaba. Toso y entreabro los ojos y ahí están el chico del sombrero y Temperance. No intercambian palabras simplemente me observan en silencio y Eleazar… Abro los ojos alarmada, el chico del sombrero sujeta a Eleazar por el cuello de la camisa mientras este se agita bajo su mano para liberarse de la opresión.
-¿Y ahora qué? – pregunta el hombre de sombrero de cuero cuyos ojos refulgen al dirigir su mirada hacia donde yo me encuentro.
Temperance se acerca hasta mí y me coge la cara entre las manos a lo cual respondo alzando la mano y apartándola de mí.
-No me toques-murmuro a regañadientes.
No me gusta que esté a mi lado, no me encuentro bien, me hace sentir indefensa pero a la vez me resulta demasiado familiar. La miro a los ojos… Necesito parpadear un par de veces antes de murmurar:
-Snuff.
Dirijo mi vista al umbral de la puerta donde hace unos segundos estaba Snuff y entonces Temperance sonríe de lado para luego sentarse a mi lado con agilidad y sin producir ningún ruido.
-Que niña más inocente, bueno inocente no, simplona. Tu madre te tenía rodeada entre algodones, tan cuidada… Parecías ser de cristal. Claro que tu madre tampoco se percató de mí, hasta… bueno hace unos meses, que pena que la quemasen porque alguien la acusase de brujería. ¿Quién sería capaz de cometer tal atrocidad en los tiempos que corren?-mientras esas palabras se escurren por sus labios sus dedos se deslizan por mis piernas-. Te diría que eres su viva imagen, te diría que te he visto crecer y te he cogido cariño, pero eso sería mentir pequeña.
Cierro los ojos y agito las piernas intentando deshacerme de sus manos, no me gusta su contacto, tiene las uñas afiladas, pulcras pero afiladas y me producen escalofríos. Consigo incorporarme y segundos después me pongo en pie, observo a Eleazar el cual se mantiene en silencio tras asimilar que ha perdido la batalla contra el hombre de negro. Hay algo que no logro comprender, ¿por qué me persiguen a mí? Además Eleazar y el chico habían hablado de forma animada, pero Eleazar no lo conocía de antes ¿o sí?
Las manos delgadas de Temperance me sujetan por los hombros y posteriormente su voz llega a mi oído izquierdo:
-Sí Liselotte, soy una bruja.
-Yo…-tartamudeo confusa, ¿yo también soy una bruja?¿y mi madre?
Su carcajada me saca de mis pensamientos de sopetón, haciéndome creer que soy una estúpida por pensar aquello de mi madre y de mí.
-Tú no, niña estúpida, tú eres…
-Diferente-dice Eleazar alzando la voz y concluyendo la frase, de manera diferente a la que lo habría hecho Temperance.
Miro a Eleazar con el ceño fruncido y pregunto con una ceja alzada:
-Tú también eres…
Él agacha la cabeza y se cubre la cara con su pelo, lo cual debe ser un asentimiento disimulado por su vergüenza a admitirlo.
-Mira guapa todo esto terminará pronto, vente con nosotros y ya está, solamente te necesitamos a ti a tu amiguito lo podemos soltar, no nos hace falta. Bueno ahora no… Pero sí que nos ha ayudado a encontrarte, claro que sino quieres venirte… te quedarás con él, es algo que ya he asumido pero… el querrá lo mismo de ti que nosotros.
-¿Y qué es lo que queréis?-pregunto con la cabeza alzada, con mi orgullo inflándome el pecho evitando que me derrumbe por la poca fuerza que me mantiene en pie sobre mis piernas famélicas que parecen de alambre.
-Es algo demasiado complicado como para explicarlo ahora-comienza a decir Temperance pero se ve interrumpida por un gruñido de el hombre del sombrero de cuero ya que Eleazar no está entre su mano… En su lugar un pájaro de color aguamarina revolotea por toda la estancia:
-Eleazar-grito ya que comprendo todo, bueno casi todo.
Y pronto todo aquello es tomado por los animales, mi pequeño pájaro azul, Snuff quiero decir Temperance… bueno un gato, y el hombre del sombrero de cuero toma la forma de un lobo enorme dejando su sombrero hecho jirones sobre el suelo. Me agazapo contra una esquina y cierro los ojos. Me duele la cabeza, me queman los ojos y la garganta me arde.
Pronto la estancia está en silencio, el lobo captura al pájaro entre sus fauces y en un par de segundos simplemente quedan dos plumas azules sobre el suelo, el gato parece sonreír y todo se vuelve negro.
De nuevo agazapada, veo al pájaro azul revolotear por la estancia parece acercarse a mí, cogerme del pelo intentando moverme o avisarme pero a los pocos segundos vuela por su vida escapando por la puerta, vuela alto, rápido, pero arrepentido. Cosa que observo en su mirada, está triste pero cree haber hecho lo que debía. De nuevo todo es negro y todo es demasiado confuso como para explicarlo con detalle.
El pájaro azul vuela sobre mi cabeza y en cuanto se posa a mi lado, se vuelve a transformar en ese chico de melena rubia y ojos aguamarina que hipnotizan, me mira asintiendo con dulzura y me toma de la mano pero poco después reluce algo… quiero decir reluzco, reluzco yo, parece como si tuviese luz propia y entonces se hace el silencio y nada tiene sentido, no lo ha tenido desde el principio.
domingo, 29 de mayo de 2011

Debilidad




No comprendo nada, para variar. Mi mundo se ha vuelto un autentico revoltijo de ideas donde no creo siquiera que yo tenga un papel. Me siento como un títere, siendo manejada y llevada de un lado a otro sin comprender y me vuelvo a plantear la pregunta de siempre: “¿Por qué hice caso a Eleazar y lo seguí?”

Me froto los brazos regresando al mundo real y me percato del frío que se nos ha echado encima en tan poco tiempo. Eleazar me da la espalda y Snuff se ha quedado en el umbral de la puerta, incluso parece que me vigilase. Me duele la cabeza y tengo demasiado sueño es como si toda yo estuviese sumergida en un baño de cansancio. Esto ya me había pasado antes, pero únicamente en una ocasión: “Tenía siete años y mi madre quería recoger unas plantas que crecían en unos acantilados que quedaban a 6 días de camino sin descanso, al tercer día me sentía cansada y sin ganas de nada, durante el cuarto día casi me resultaba imposible andar y tenía la respiración entrecortada y el quinto día acabé tirándome en el suelo porque era como si fuese una muñeca de piedra. Del sexto día no recuerdo nada únicamente que desperté en mi casa ya de vuelta del camino emprendido por mi madre”.

Parpadeo para evitar el sueño que me acecha y murmuro:

-Eleazar…

Pero mi voz suena como una ola al llegar a la orilla de una playa arenosa, suena de una forma espantosa casi como si estuviese a punto de perderla. Eleazar me mida ceñudo y poco antes de que se dirija hacia mí se me doblan las piernas y caigo al suelo. Llevo sintiéndome mal un rato, unos días… Desde que tuve fiebre hace ya unos cuantos días poco después de nuestra partida. Me resisto a levantarme, cierro los ojos, simplemente necesito dormir, seguramente será eso.

domingo, 8 de mayo de 2011

Espero que nuestros caminos se vuelvan a cruzar.



Ambos comienzan a hablar de pesca y de comida, claro que no se les ocurre otra cosa al parecer. La casa aparece a lo lejos, tiene paredes blancas oscurecidas por el salitre y la humedad del mar. La madera de la puerta parece podrida y la pared descascarillada, me encojo de hombros mientras observo la fachada. Los chicos abren la puerta y justo cuando voy a entrar escucho un maullido detrás de mí. Me giro de forma automática, los gatos son una de mis mayores debilidades. Agacho la mirada y me quedo observando al gato pensando que no puede ser posible. Es Snuff, lo reconocería en cualquier lugar del mundo.

Es mi gata sin lugar a dudas, esos ojos amarillentos y ese pelaje… Frunzo el ceño y acaricio al gato entre las orejas buscando la cicatriz que tiene mi gata en la pata, para comprobar si es ella. Ronronea mientras mi mano recorre su lomo y encuentro la cicatriz en la pata trasera izquierda. No consigo entender cómo ha podido llegar hasta aquí. Eleazar y yo hemos tardado varios días, parando y con comida pero… ¿nos ha seguido? Me rasco la cabeza pensativa dejando de acariciar a la gata y entonces la voz de Eleazar llega hasta mis oídos despidiéndose del chico del sombrero de cuero.

-Un placer señorita, espero que nuestros caminos se vuelvan a cruzar-dice acercándose a mí una vez ha salido de la casa. Me sonríe, se coloca su sombrero y se marcha con pasos pesados y arrastrados.

Lo miro de reojo hasta que desaparece de mi vista y tomo a Snuff en brazos aún demasiado confusa y preguntándome todavía cómo ha podido la maldita gata llegar a este pueblo abandonado. Entro en la casa que son cuatro paredes con un gran montón de paja en una esquina, no tiene más. No necesitamos más.

Eleazar mira a Snuff de reojo y luego frunce el ceño girándose hacia mí y me quita a Snuff de las manos observándola:

-¿De dónde la has sacado?

-Ey, no le hagas daño. Es mi gata, es Snuff.

La gata se bufa entre las manos de Eleazar y parece querer morderle. Se me hace extraño verla en esa situación porque Snuff siempre ha sido muy pacífica y nunca ha intentado morder a nadie.

-Asqueroso gato-masculla Eleazar evitando que mi gata de pelaje ceniza le muerda y la posa sobre el suelo sin ninguna delicadeza. Lo mira como enfadado y alza la mano con intenciones de golpearle pero le sujeto:

-¿Qué haces?¿Estás loco?

Me mira a los ojos y suspira sin decir palabra, suelta mi mano de su brazo y mira a Snuff irse hacia el exterior con el pelaje aún erizado y sin bajar la guardia.
sábado, 2 de abril de 2011

La llegada del invierno es inminente pequeña señorita

Mirando al cielo quedo, observando el ir y venir de las nubes que casi parecen irreales, y en estos momentos son en los que mi mente comienza a cavilar el por qué de mi situación y la razón de todos los sucesos que acontecen a mi alrededor. Son milésimas de segundo, pequeñísimos impulsos nerviosos los que me conllevan a pensar que quizá podría haber seguido otro camino, pero no lo escogí. Se me han presentado decenas de oportunidades desde que emprendí este viaje, a tierra desconocida para mí, con Eleazar. Puedo irme, y dejarlo, pero la curiosidad acecha mi mente y la rodea queriendo decirme que debo seguir con él, para averiguar a dónde me lleva, y por qué debo confiar en él. Pero son cuestiones sin respuesta.

Quizá exista una Liselotte en alguna otra parte del mundo que no ha escogido el mismo camino que yo, y ahora vagabundea en busca de trabajo o un chico que le proporcione cobijo y alimento. O tal vez ha conseguido sobrevivir con su habilidad para las plantas y viva en la copa de algún árbol apartado de cualquier pueblo, llevando una vida solitaria y monótona.

Agarro una florecilla roja entre mis dedos, parece un aster, suelen crecer en verano y mueren casi invierno, este conjunto de asteres puede ser el último hasta el año que viene. Tuerzo los labios pensando en arrancar la flor pero eso no me serviría nada más que para acortar más aún la vida de la pobre flor. Me incorporo lentamente mientras es cucho el trinar dulce de un pajarillo de color curioso. Me da un vuelco el corazón, es el mismo pájaro que estuvo en el alféizar de la ventana la noche antes de ser condenada. No puede ser el mismo pájaro, debe ser que hay una bandada de esa especie que está buscando alimento y este pequeñín se ha descarriado. Su color es sorprendente, debe ser imposible para él pasar desapercibido para los depredadores, pero ahí está. Volando sobre mi cabeza sin temor a nada, sin sentir miedo, sin ocultarse de nada.

Agito la cabeza y me levanto regresando de nuevo al local, en el que dejé a Eleazar, esperando que no se haya marchado. Empujo la puerta y frunzo el ceño al no verlo. “Se habrá ido sin mí”, pienso. Pero entonces un escalofrío me recorre desde las puntas del pelo hasta el dedo pulgar del pie, y me giro sobre mis talones. Está mirándome como si llevase detrás de mí una eternidad y no acabase de llegar, no he escuchado ningunos pasos por lo que me sorprende.

-No tienen habitaciones arriba-dice encogiéndose de hombros-. Esperaba que nos pudiésemos alojar bajo techo esta noche.

-Tranquilo, no importa, no creo que por una noche más bajo la luz de la luna me vaya a morir-sonrío y el gesto de su cara no es precisamente una sonrisa, sino más bien un fracaso de ella-. ¿O-ocurre algo?-logro preguntar tartamudeando pues que su semblante cambie de expresión no es buena señal, y es algo que he aprendido en el poco tiempo que llevo con él.

Niega con la cabeza mientras se revuelve el pelo y contesta:

-No pasa nada, no es nada.

Una mano se posa sobre mi hombro y doy un respingo asustada, me vuelvo a girar sobre mis talones y me encuentro con el señor del sombrero de cuero. No es tan mayor como parecía, es más, parece de mi edad, su piel es de color tostado y sus ojos negros resultan inquietantes.

-Si queréis podéis dormir esta noche en la casa de mi abuelo, se murió hace unas semanas y básicamente ahora es mía. Claro que estaréis pensando en cómo vais a fiaros de un completo desconocido que os ofrece un alojamiento y además gratis. Supongo que es lo que se debe hacer, además no temo a que robéis nada porque simplemente no hay muebles. Hay una tela blanca y un montón de paja, supongo que os podrá servir de cama si queréis-me mira y levanta el sombrero para que le veamos mejor la cara.

-Muchas gracias por su hospitalidad-contesta Eleazar.

-No es nada, saldré a pescar con mi tío en breves pero por la mañana regresaré sobre el amanecer, sería preferible que os marchaseis antes del medio día y que no hicieseis mucho ruido.

-Se lo agradecemos-murmuro con las mejillas sonrosadas y se limita a asentir y repetir de nuevo:

-No es nada, además no podría dejar a una señorita durmiendo cuando los animales nocturnos rondan continuamente por estos terrenos.

Un escalofrío me sacude al recordar la noche en el claro cuando aquel… lobo o perro o lo que fuese se paró a menos de un centímetro de mí. Trago saliva y los miro a ambos que se han quedado observándome con mirada inquisitiva.

-Estoy bien, sólo tengo un poco de frío.

-La llegada del invierno es inminente pequeña señorita-sonríe quitándose por fin el sombrero y mostrando un cabello tan negro como sus ojos-. Os llevaré a la casa de la que os he hablado-dice, apartándome de forma sutil de su camino y andando por delante con Eleazar y dejándome a mí atrás.

-Menudo par de caballeros-bufo por lo bajo.

jueves, 31 de marzo de 2011

No entiendo nada pero a la vez lo entiendo de forma lejana, es difícil de explicar.



El pueblo no se halla demasiado lejos y está a las orillas del mar, por lo que ha de ser un pueblo de pescadores, añoro el olor del mar, el salitre y la humedad que encrespa mi pelo. Caminamos cogidos de la mano en silencio, pienso que todo lo que está pasando por mi vida en estos momentos resulta demasiado confuso pero hay algo en todo en este asunto que me resulta familiar, quizá es lo que me ocultan o la acorazonada de que sé lo que ocurre pero mi mente lo encubre. Odio este sentimiento porque no sé interpretarlo del todo, ¿qué quiere decir que sé lo que ocurre o que creo saber lo que está pasando pero en ambos casos mi mente anula toda respuesta por miedo a ser correcta?

Mi mente no es más que un hervidero de ideas, no entiendo nada pero a la vez lo entiendo de forma lejana, es difícil de explicar. Me siento un tanto furiosa conmigo misma por no poder contestar a mis preguntas, a la vez padezco una curiosidad incontrolable por Eleazar pero al mismo tiempo por la chica de rasgos felinos y movimientos delicados.

Las casas del pueblo son pequeñas y de techos bajos, pero en su interior se oye alguna que otra voz infantil y conforme nos acercamos más a la costa, las siluetas de las barcas y los pescadores se hacen más grandes y se definen adquiriendo colores vivos por la posición del sol en lo alto. Antes de que me dé cuenta Eleazar abre una puerta para dejarme pasar a lo que parece ser una posada, quizás una taberna. La madera del local está inflada por la humedad y es de un color oscuro. Está poco iluminado porque las ventanas son pequeñas y no dejan pasar correctamente la luz del exterior.

Nos sentamos en una mesa que está libre, en el lugar hay un par de pescadores negociando, con el dueño del local, el precio de lo que han pescado esta mañana, un hombre vestido de negro con un andrajoso sombrero que le tapa el rostro y una mujer rolliza que ejerce de camarera y a la vez de cocinera. Se acerca a nuestra mesa y Eleazar habla con ella mientras yo me pierdo en los orificios del sobrero de cuero del hombre de la esquina. Eleazar me pregunta algo, a lo cual contesto:

-Da igual, lo que tú quieras.

Parece ser una respuesta aceptable porque se limita a asentir y a continuar hablando con la mujer de pecho prominente y oscuros rizos que enmarcan su semblante. Mis dedos se deslizan sobre las vetas de la madera delineándolas, mientras mi mente se inhibe en su propia pompa. La mujer regresa al cabo de un rato con la comida, y como sin saber lo qué a ciencia cierta, porque apenas miro el plato, lo veo pero no lo miro. Eleazar me echa alguna que otra mirada, quizá pensando qué es lo que pasa por mi mente pero ni siquiera yo lo sé, así que supongo que no pasa nada. Eleazar vierte el mismo líquido que cuando estaba enferma en mi vaso, pero continúo comiendo en silencio, simplemente lo miro con recelo y me bebo el contenido a sorbos pequeños. En cuanto mi estómago está saciado y el vaso vacío, me levanto de la mesa sin mediar palabra y salgo al exterior.

El sol comienza a ponerse y los pescadores vuelven a salir con sus barcas que rompen la trayectoria de las olas, que intentan llegar a la orilla. Observo un prado de flores rojizas y no puedo evitar correr hacia el lugar y tirarme sobre aquellas flores sin pensar en lo que puede vivir por allí, aunque no me interesa demasiado.

martes, 29 de marzo de 2011

Estamos empate yo cobarde y tú despreciable


La ira que se refleja de forma instantánea en los ojos de Eleazar me inspira temor, sé que ese odio no es para mí, pero lo emana por todos los poros de su cuerpo. Su rostro parece endurecerse y se muestra más adulto y en guardia que nunca.

-Temperance-murmura a modo de saludo mientras la cuerda que me ata al otro cae al suelo y me ayuda a levantarme.

-Muy bien Eleazar recuerdas los nombres, hace… tanto tiempo que te perdí la pista. Pensé que por lo menos te despedirías de mí, pero aquel día cuando te marchaste supe que eras un cobarde-dice la voz mientras de entre los matorrales emergía una silueta femenina, alta y delgada, de líneas suaves y delicadas.

-Estamos empate yo cobarde y tú despreciable-dice entrecerrando los ojos cuando la luz de la mañana bañó el rostro de la chica.

Es hermosa, simplemente la puedo describir de esa manera, pero es mucho más que hermosa. Sus pómulos rosados no destacan demasiado en el rostro, sus labios son carnosos pero no demasiado gruesos, su cabellera corta y espesa es de color del otoño. De color del otoño y no otro porque es una sutil mezcla de diferentes tonalidades de castaño y cobrizo. Su piel es de color canela, casi puedo decir que parece de canela porque su olor es ese y no otro. Tiene los ojos rasgados lo que le da un aspecto felino y lo que inquieta aún más son sus ojos semi-amarillos rodeados por espesas pestañas color carbón.

Se da cuenta de que la estoy mirando y sonríe de lado como respuesta a la acusación de Eleazar, alza la barbilla queriendo mostrar superioridad y se acerca con pasos silenciosos y casi imperceptibles que ondean la falda crema de su vestido.

-Tu nombre-dice cuando llega hasta mí, pero Eleazar se interpone en medio ocultándome de la vista de la chica .

-No la metas en nada de esto, no le interesa nada de lo que le puedas decir, Temperance admítelo no te queda nada- dice Eleazar con voz ronca que encubre su ira y me toma de la muñeca.

-Liselotte-murmullo de forma infantil sin percatarme de que le he dicho lo que ella quería saber, me muerdo el labio ante mi respuesta y miro a Eleazar sintiéndome culpable y miserable por haberle desobedecido.

-Muy bien Liselotte, mi nombre es Temperance-dice extendiendo la mano la cual Eleazar mira de reojo y por la que arruga la nariz, por lo que Temperance acaba retirándola. Ella se ríe-. Liselotte, ¿crees conocer a Eleazar? ¿De veras crees conocerlo? No sabes ni una centésima parte de lo que es, no tienes ni idea de lo que ha hecho.

-Vámonos-ruge Eleazar tirando de mi muñeca y haciéndome andar con él, echo la mirada hacia atrás mirando por encima del hombro a Temperance y ella me responde como si continuase hablándole:

-Piénsalo. Ni siquiera te conoces a ti misma. Acusada de brujería, -sonríe de forma socarrona – me río yo de la brujería que puede correr por tus venas. Brujería no, los latentes son demasiado estúpidos como para percatarse de algo que exista más allá de su dios, su vida, su cultivo y el diablo.

Frunzo el ceño sin comprender, pero su voz cada vez se oye más lejana porque ella ha decidido no seguirnos y se sienta en el tronco de un árbol muerto en el cual apoya sus manos. Antes de que las ramas de los árboles la hagan desaparecer de mi campo de visión creo ver cómo el tronco se recubre de musgo. Ahogo un grito de sorpresa y miro a Eleazar cuyo rostro cada vez parece más relajado pero no por ello menos exasperado.

-Liselotte… siento haberte perdido de vista no volverá a ocurrir, no debía haberte traído aquí, tenía la acorazonada de que estaría por estos lares… Sabía que no debía pero… Lo siento, sé que esto te puede parecer confuso pero agradecería que me disculpases aunque no sepas de lo que te hablo-dice mirándome, una vez que estamos lo suficientemente alejados de ellos, sus ojos…

Suspiro sin dejar de mirarlo a los ojos y me limito a humedecerme los labios y pronunciar las palabras que él ansia:

-Te perdono.

Sonríe y me toma de la mano con menos rudeza y apartamos las últimas ramas de los árboles que nos conducen a un camino de tierra construido por el paso de los carros, que no se encuentra muy distante de un pequeño pueblo que parece tranquilo.

-Creo que… te debo una comida en condiciones-murmura mientras lleva la mano al bolsillo que hay en su pantalón mugriento y de color tierra, me mira y sonríe, lo que me reconforta y me hace saber que intenta estabilizarse emocionalmente.

domingo, 13 de marzo de 2011

No merece la pena esconderla de… mí.

La noche nos alcanza silenciosa y miro cómo Eleazar cae dormido en poco tiempo, pero yo soy incapaz de cerrar siquiera los ojos. Me duele la cabeza, mis piernas flojean y siento escalofríos todo el rato. Por un instante pienso en despertar a Eleazar, pero acabo decidiendo que no, no vale la pena, ya me recuperaré, que quizá, durmiendo todo se pase. Pero no se pasa porque el sueño no llega y cada vez mi temblor es mayor, no me encuentro para nada bien. Es como si un gusano orondo y juguetón se hubiese metido por mi boca y saltase en mi estómago. Me pongo en pie para intentar combatir las náuseas, pero eso solo me marea más. Me mantengo quieta y respiro de forma profunda. Escruto en la oscuridad, pero no encuentro a Eleazar.

No lo encuentro.

Se ha ido. Esa idea me aterra porque no tengo ni la más remota idea de cómo regresar a Salem, aunque claro, ¿para qué querría regresar a ese pueblo? Trago saliva nerviosa y muevo los dedos de las manos para despertarlos. Los dientes me castañean pero a pesar de eso y del pánico que me envuelve, grito:

-¡Eleazar!

Silencio.

-¡Eleazar!-vuelvo a gritar.

Doble silencio. Miro hacia todos lados, quizá lo han secuestrado o tal vez un animal salvaje vino y… Me muerdo el labio y corro en dirección contraria a por donde vinimos sin dejar de murmurar su nombra de forma inconsciente. Acabo tropezando con una piedra del camino y cayendo rendida al suelo sin poder levantarme de nuevo. Odio ser tan débil.

Me llevo las manos a la cabeza, aún tirada en el suelo, y me sorprendo de la temperatura a la que me encuentro mientras gotas de sudor recorren mis mejillas.

-Eleazar…-vuelvo a murmurar.

A pesar de haber discutido con él, es la única persona a la que tengo en estos momentos y no me gustaría perderla, no sin haberme despedido antes por lo menos. Cierro los ojos, por fin el sueño ha aceptado venir, pero no en el momento más indicado. Aunque el sueño no sea bienvenido, tira de mí con fuerza pidiéndome cerrar los ojos y descansar. Yo, como niña obediente que soy me encomiendo al mundo de los sueños.

Todo es negro, pegajoso, agitado, horrible. Abro los ojos sobresaltada e intento ponerme en pie pero tengo las muñecas atadas al tronco de un árbol. ¿Y eso cuando ha ocurrido? Tengo la boca seca y los ojos llorosos por los dolores y la fiebre que padezco.

-¡¡Eleazar eres un estúpido!!

Pero como respuesta obtengo un grito de dolor que se escucha en la lejanía, seguido de la carrera de algún hombre. Pies ligeros, pasos ágiles, seguros y certeros… es él. Apoyo la cabeza contra el otro del árbol, tengo los brazos doloridos y me pican pero soy incapaz de moverlos un poco por temor a que dislocarme uno de ellos. Cuando escucho que se acerca, alzo la mirada y observo su llegada, pero todo lo veo tan borroso que no lo hubiera logrado identificar sino fuera por su rubia melena.

-No debías andar de noche sola. Por la noche se duerme- me reprende intentando deshacer el nudo que me une al tronco, pero entonces otra voz dulce, melodiosa y femenina se escucha cerca de mí:

-Eleazar, Eleazar, Eleazar… no puedes jugar al escondite con personas. Siempre te acabo encontrando. No merece la pena esconderla de… mí.

viernes, 25 de febrero de 2011

Yo dije que iría a donde tú fueras, pero al parecer los roles se han intercambiado.



Tras esa discusión nuestras palabras son más escasas y las comidas silenciosas. Mis pasos siguen los suyos, puesto que reemprendemos la marcha, sin saber aún a dónde me dirijo. No es porque ya no confíe en él sino que sus comentarios me resultaron fríos y egoístas pero después de pensar en lo que dijo creo que tiene razón, no podíamos correr el riesgo de ser vistos y menos de salvar a alguien condenado delante de todo un pueblo. Sería un acto suicida, y creo que después de todo lo ocurrido ninguno de los dos queremos morir. Pero soy tan orgullosa que no pienso admitir que tiene razón, no voy a decírselo, aunque tampoco me gusta intercambiar dos frases al día las cuales siempre se desarrollan de la misma forma:

-¿Te encuentras bien? –pregunta él cerca del medio día.

-Sí, estoy bien-contesto.

Y luego a la hora de comer otra conversación nos asalta:

-Cuando paremos en otro pueblo cogeremos más comida.

-Vale-murmuro.

Él me mira, lo sé porque noto sus ojos turquesas mirándome comer o caminar, me mira constantemente. La palabra exacta es vigilar. Me vigila constantemente como si fuese una niña pequeña o quizás un cofre de oro que debe llegar con todas sus monedas a su destino.

Ahora comprendo que lo que produjo su bofetada fue una real estupidez, era presa del miedo y la culpabilidad, al igual que la impotencia por no poder hacer nada. Pero él tampoco se ha disculpado por haberme pegado por lo que yo tampoco me disculparé. Pienso que ambos somos demasiado tozudos y eso no es nada bueno ya que tendremos más de una discusión si seguimos así y el silencio no me hace bien, y al parecer a él tampoco. El silencio le hace tararear canciones populares, y durante dos días seguidos lleva tarareando la misma canción, puede que se haya quedado sin repertorio.

Por la noche, cuando paramos en un bosque de frondosos árboles y troncos macizos, decido hablarle. Estoy tumbada sobre la hojarasca, algo incómoda por las piedras que se clavan en mi espalda, pero eso es lo de menos.

-Te he seguido sin dudar desde que me salvaste, podría no haberlo hecho. Llámalo instinto de supervivencia quizás, pero en estos momentos esa seguridad flojea. Puede que… sea hora de separarnos y cada uno siga su camino. No sé a dónde te diriges y quizás no es el camino que yo debo seguir.

Me mira sonriendo como aquel día, del cual hará ya una semana, en el que me rescató de morir ahogada, con esa sonrisa burlona e infantil pintada en su rostro. Una sonrisa de triunfo, porque he hablado sin que él me preguntase pero en sus ojos se refleja su disgusto, creo que puede ser.

-Si has confiado en mí hasta ahora, confía en mí unos pocos días más. Dijiste no saber a dónde ibas, y comenzaste a caminar, yo simplemente te sugerí ir a casa de mi hermana para pasar la noche. La decisión de haber continuado conmigo ha sido tuya, pues yo dije que iría a donde tú fueras, pero al parecer los roles se han intercambiado. Esa noche en mi casa me dio bastante en lo que pensar, y por eso caminamos en esta dirección, no te obligo a seguirme, pero sí te lo sugiero.

No respondo, pero el silencio asiente por mí. El silencio a veces es la mejor respuesta, dependiendo del tono de voz de los hablantes, del tema de la conversación, del camino que sigue dicha conversación,… El silencio puede afirmar o negar, y a veces incluso ponerlo en duda.

sábado, 19 de febrero de 2011

Pensaba que eras diferente, que te preocupabas por los demás



Lo miro y niego con la cabeza, podemos pasar en silencio quizás un cuarto de hora, pero el tiempo pasa de forma rápida. Me mira y sonríe de oreja a oreja:

-Me gustan tus ojos, son… ¿violetas? No había visto jamás unos ojos de ese color.

Me limito a asentir y contestar:

-Mi madre decía que tenía los ojos de mi padre. Son… peculiares.

Tras intercambiar ese simple par de frases nos dirigimos al pueblo que hay cerca de la casa de Eve. Eleazar lleva la capucha de su capa echada sobre la cabeza, ocultando sus cabellos y parte de su rostro de la mirada del resto de las personas. Poco a poco nos adentramos en las calles polvorientas del pueblo hasta llegar a una plazoleta que debe ser el centro, donde se encuentra reunida la mayoría del pueblo.

La gente rodea una plataforma de madera, pero no logro ver más, ya que todos son más altos que yo y no alcanzo a reconocer lo que hay sobre ella. Eleazar tira de mi brazo sacándome de la multitud y conforme nos alejamos logro comprender que la gente se ha congregado alrededor de una horca. Un poste de madera de forma vertical y otro sobre este pero de forma horizontal, y de este último una cuerda que pende. Trago saliva y giro la cabeza mirando a Eleazar intentando buscar un por qué en su mirada, pero simplemente rompe el contacto visual y nos lleva hasta una callejuela.

-Lo siento, no sabía que… Bueno es algo normal ya aquí pero yo no pretendía que…

-No pasa nada, no eres adivino-digo interrumpiendo sus excusas balbuceadas.

Se levanta un poco la capucha unos segundos para volver a dejarla caer y tomarme de la mano, guiándome por una calle con puestos de comida que se encuentran vacíos en este momento, sin nadie que los vigile. Alcanzo a ver la sonrisa socarrona de Eleazar que introduce un par de manzanas, unas mazorcas de maíz y una botella de ron en su bolsa. Se mueve de forma segura y rápida y cuando ha introducido lo que cree que es necesario en su bolsa me vuelve a tomar del brazo y recorremos el resto de la calle en silencio, no comento nada acerca de su hurto pues en época de hambre la comida es bien recibida proceda de donde proceda. Además, la culpa la tienen los comerciantes por no estar en sus lugares de trabajo. Pero claro, están más ocupados viendo como ahorcan a una persona inocente.

Me paro en seco y él se gira para mirarme, mi rostro parece reflejar todos mis pensamientos por lo que él responde:

-Lise, no podemos hacer nada por él. A mí me conocen, y te digo que esos no olvidan una cara, y menos aún si has conseguido escapar. Déjalo, olvídalo Liselotte, tú has conseguido sobrevivir no todo el mundo puede…

Lo miro incrédula y digo sin pensar:

-Pensaba que eras diferente, que te preocupabas por los demás, que harías todo lo posible por ayudar a personas que están en condiciones similares a la nuestra.

-No soy un santo, ni soy médico, ni cura, ni nada. Nunca seré nadie Liselotte, siempre viviré a la sombra y tendré que llevar cuidado con que no me vuelvan a acusar de brujería. No puedo ir por ahí salvando a todo el mundo. Y no pienso rescatar a una persona condenada a la horca, que tiene decenas de miradas observando su sufrimiento.

Cada palabra que escapa de sus labios es como un trozo de vidrio afilado que primero araña mi piel, para luego atravesarla con facilidad y alcanzar mis pensamientos que quedan destrozados. Se me seca la garganta y aprieto los puños para contenerme, intento morderme la lengua, pero no sirve para nada:

-¿Ah sí? Quizás deberías haberme dejado morir a mí también.

Su mano contra mi mejilla provoca un sonido apenas perceptible, ya que en la plaza la gente grita de felicidad una vez los pies del pobre hombre levitan sobre el suelo con una trayectoria circular e inerte.Me quedo mirando a Eleazar confusa y me llevo la mano a mi mejilla dolorida, aún sorprendida por su bofetada. No me toma de la mano, no me dice nada, simplemente continúa andando por la calle. Lo sigo arrastrando mis pies, como si no estuviese del todo sobre la tierra. Es más, estoy con la cabeza en las nubes y con mis ideas enmarañadas. “¿Por qué me ha pegado?”, me pregunto intentando dar una respuesta, la cual acabo por encontrar: “Porque no quiere que digas eso, porque quizás… le importas.” ¿Importarle a alguien a quien apenas conozco? No me parece algo razonable, simplemente son ideas incoherentes.

Regresamos al camino de tierra mientras el sol se encuentra en lo más alto, y pensar, que aún nos queda un largo día por delante, y no solamente un día, sino todos los que vaya a estar bajo el amparo de Eleazar.

viernes, 11 de febrero de 2011

Yo sé diferenciar cuándo algo es producto de mi imaginación y cuándo no.



No consigo conciliar el sueño después de lo sucedido, ¿y si no era real y me lo había imaginado? Cuando la luz de la mañana comienza a iluminar el lugar observo a Eleazar dormido a unos cinco metros de distancia. Suspiro y me pongo en pie dirigiéndome hacia él para volverme a tumbar pero esta vez a su lado. “Quizás todas las voces que escuché por la noche no fueron más que delirios causados por la fiebre o un mal sueño”, pienso.

A su lado, me siento protegida, quizás porque él fue quien me salvó en el lago o porque ha estado cuidando de mí sin que yo se lo haya pedido, pero se ha ganado mi confianza. Lo miro mientras duerme y puedo pasar así horas, porque no despierta hasta que el sol ya está en lo alto. Cuando abre los ojos se sobresalta, porque no espera encontrarme allí tan cerca de él. Me limito a sonreír para luego decirle:

-¿No escuchaste ningún ruido anoche?

Él frunce el ceño negando con la cabeza mientras se estira desperezándose y añade riéndose:

-Lo habrás soñado. Tienes pinta de lunática, de esas que tienen mucha imaginación y se inventan cosas como… caballos con alas o mariposas asesinas.

-No soy una lunática, tengo los pies bien puestos sobre la tierra. Pero usted señor Eleazar se burla de mí constantemente-digo intentando mostrarme indignada.

-Disculpe usted señorita escucho ruidos por las noches-dice poniendo los ojos en blanco mientras se sienta y se revuelve el pelo.

-Claro que los escuché, porque eran reales. Y había un perro, bueno un lobo. En realidad no sé lo que era, pero se me tiró encima… y luego… Luego se fue como llorando-dije recordando.

Aprieta los dientes. Me gustaría saber qué es lo que pasa por su mente en estos momentos, pero resulta imposible. Cuando se pone a pensar no tiene expresión en el rostro, es decir no está serio pero tampoco está sonriendo, está como perdido en sus pensamientos sin mirar nada pero con los ojos abiertos.

-Eleazar-susurro intentando llamar su atención.

Me mira, pero me doy cuenta de que no me está mirando a mí sino a algo que hay detrás de mí. Giro la cabeza mirando por encima de mi hombro, pero no hay nada ni nadie. ¿Entonces qué es lo que ha visto Eleazar?

-Ele… ¿se puede saber que…?-comienzo a preguntar pero no me deja finalizar pues me contesta antes:

-No pasa nada, pensé que había algo ahí. Pero estaba equivocado-sonríe con picardía antes de continuar-. Por lo menos yo sé diferenciar cuándo algo es producto de mi imaginación y cuándo no.

viernes, 4 de febrero de 2011

Toda persona posee una máscara de felicidad, pero depende de ella utilizarla.



Me entrega el vaso, cierra la botella y se queda pensando en silencio, mirando a un punto fijo del tronco de un árbol, mientras yo me bebo el contenido del vaso con un único trago. El sabor de aquel líquido es horrible pero me hace sentir un poco mejor de forma instantánea. Miro mis manos y jugueteo con la manzana entre mis dedos esperando su respuesta, pero él, se pone en pie sin decir palabra y comienza a caminar mordiendo la manzana. Tardo unos segundos en aceptar que quizás mi pregunta le haya molestado. Me apresuro para alcanzarlo y me prometo que esta vez no me pararé en el camino, porque n o quiero hacerlo enfadar. No sé si está enfadado, pero por si acaso prefiero mantenerme en silencio y seguir sus pasos, como si fuese su sombra.

Caminamos hasta que el cielo comienza a perder su color azul y es sucedido por el color anaranjado del atardecer. Entonces Eleazar se para de repente y se sienta en la hierba dejando la bolsa a un lado. Supongo que ya hemos llegado al lugar donde vamos a pasar la noche, no es un mal lugar. El claro puede pasar por un círculo casi perfecto y protegido por los árboles que lo rodean.

Me siento sin cuidado sobre la hierba, a unos cuantos pies de distancia de él, y entonces es cuando habla, con un tono de voz neutro, y mirándome de reojo:

-Me acusaron de brujería cuando tenía trece años y mi padre dijo que era cierto, que debía ser condenado. Mi padre dejó que me llevasen y por poco me queman pero conseguí escapar. No pensaba regresar a Salem después de aquello y mucho menos visitar a mis padres, debía dejar un margen de tiempo por seguridad.

Lo miro manteniéndome en silencio y me tumbo sobre mi espalda cerrando los ojos, agazapándome como siempre y me pregunto qué habrá sido de Snuff, mi gato. Pero luego, paso de ser tan materialista para pensar en lo que ha sufrido Eleazar, en qué habrá hecho durante todo este tiempo en el que ha vivido sólo. Por eso me ha ayudado, porque sabe lo que siento. Pero yo no lo comprendo a él. Ser acusado por un padre debe ser algo atroz, traicionar a tu propio hijo, condenarlo a muerte. Y eso me hace volver a pensar en mí. Si mi padre hubiese vivido conmigo y con mi madre, si lo hubiese conocido, ¿cómo habría reaccionado ante las acusaciones del pueblo llamándonos brujas? ¿Nos habría entregado o por el contrario nos habría defendido? O quizás… habría fingido estar hechizado para salir impune del asunto y decir que no sabía que éramos. Dándole vueltas a aquellas ideas, quedo dormida bajo la luz del atardecer y el rostro de Eleazar mirándome desde arriba sin que me percate.

Susurros, escucho susurros, voces agudas, voces graves, femeninas, masculinas, me levanto e intento ver algo en la oscuridad. Escucho una respiración pesada y profunda cerca de mí, pero no parece humana sino más bien de un animal. De mis labios no sale ningún sonido y respiro de forma silenciosa intentando mantener la calma, pero noto que algo se acerca, siento que se encuentra a escasos pies de mí. Pero temo que me ataque si me moviese, en el caso de que sea un animal. Llevo una mano hacia la hierba necesitando algo a lo que aferrarme por el miedo y escucho un gruñido pero solo me da tiempo de gritar porque al poco tiempo lo tengo encima. Parece ser un perro, pero es demasiado grande para serlo. Me tumba en el suelo y cuando espero su mordisco escucho cómo solloza, parece llorar, y retrocede asustado corriendo de vuelta por donde vino. Me llevo la mano al pecho asustada, intentando buscar en la oscuridad la silueta de Eleazar, pero me es imposible.

viernes, 28 de enero de 2011

Aún no tienes buena cara, bueno, en realidad si has nacido así, poco se puede hacer.




Pasa su mano por mi frente sin dejar de mirarme a los ojos y sonríe de lado para luego girar sobre sus talones y coger una taza de cerámica bastante gastada y entregármela. Miro el interior de la taza y me encuentro con un líquido oscuro y turbio, no parece demasiado líquido pero a la vez parece agua coloreada. Miro a Eleazar, al parecer quiere que me tome eso porque simplemente asiente con la cabeza y luego comienza a llenar una talega de tela con un par de manzanas y otros objetos que desde mi situación no logro reconocer. Miro de nuevo al contenido de la taza y arrugo la nariz cuando me lo llevo a la boca y su sabor amargo me inunda el paladar, siendo percibido por todas y cada una de mis papilas gustativas. Dejo la taza sobre el suelo y miro a mi alrededor, la casa está vacía, a excepción de Eleazar y de mí.

-Nos vamos, no creo que este lugar sea demasiado seguro para nosotros-dice mientras cierra la bolsa y se la echa al hombro.

Me levanto sacudiendo mi empolvado vestido blanco y me comienzo a preguntar el por qué de que el lugar no sea seguro. “Es la casa de su hermana, ¿este no debería ser uno de los lugares más seguros para él? Claro que, ¿por qué vamos a buscar seguridad?¿a caso estoy en busca y captura”.

Sin decir nada más se dirige hacia la puerta y la abre, sujetándola para dejarme pasar a mí primero. Camino hacia el exterior, algo mareada y aún con un ligero dolor de cabeza. ¿Cómo es posible que lo que mi madre no consiguió curar en una semana, lo curase él en una simple noche? Miro hacia atrás y lo observo bajo la luz de la mañana incidiendo sobre sus oxigenados cabellos. Inclino la cabeza y lo escucho hablarme, mientras encaja la puerta tras él:

-Aún no tienes buena cara, bueno, en realidad si has nacido así, poco se puede hacer, pero me refiero a que aún estás enferma así que no vamos a caminar demasiado. Creo que acamparemos en un claro del bosque esta noche. Claro que… llegaremos si avanzamos lo que tengo pensado, pero por muy lento que vayamos antes del anochecer habremos llegado-dice apartando el pelo de su cara sonriendo.

Me limito a bufar, era de esperar que volviese a sus andadas, a bromear me refiero. Puede ser muy dulce, lo ha demostrado, pero su extraño sentido del humor no lo abandona. Comenzamos a andar en silencio, pero al cabo de unos minutos ya estoy cansada y el calor no ayuda a mejorar mi estado, por lo que decido parar. Como un resorte Eleazar se gira para mirarme en cuanto cesan mis pisadas y me mira como queriendo decirme: “Tranquila, yo espero”. Por lo que cuando recupero de nuevo el aliento proseguimos nuestro camino, bueno su camino, porque no sé a dónde me lleva. No entiendo aún la razón de su ayuda que no he solicitado aunque quizás lleve pintada en la mirada, y cada vez pienso en la posibilidad de que sea puritano, esta se me hace más remota, por su forma de comportarse conmigo. Aunque claro, puede estar actuando, fingiendo que es bueno, que puedo confiar en él, y luego clavarme el puñal por la espalda. Por eso no confío en las personas, porque he aprendido que no se debe juzgar a alguien por sus apariencias ya que todos podrían traicionarte.

Me paro cada, aproximadamente, quince minutos, y es algo que no puedo evitar pero me hace sentir inservible e inútil porque estoy retrasando el viaje. El paisaje, por el cual nos movemos, cada vez está más frondoso y el calor disminuye, ya que las copas de los árboles nos protegen, pero no se llegan a cerrar como el día anterior. Escucho el correr del agua de algún río o riachuelo cercano, lo que me hace sonreír y saber que, en el caso de perdernos, encontraremos agua. Cuando me paro por decimocuarta vez, Eleazar suspira, al principio me parece que es porque está molesto, pero luego creo que es más bien por pena. Y no me gusta dar pena a la gente porque no la doy por muy mal aspecto que tenga.

Mira a nuestro alrededor y frunce el ceño porque, al parecer, no encuentra lo que busca, pero se sienta en una tosca roca situada al pie de un árbol y abre la bolsa de tela sacando un par de manzanas y un recipiente de cristal tapado con un corcho, que contiene el mismo líquido que me dio a beber esta mañana. Pongo cara de asco de forma instantánea y él se ríe de forma sonora. Es la primera vez que escucho su voz desde que comenzamos a caminar aquella mañana. Lo miro y sonrío sentándome en el suelo a su lado, para luego tumbarme debido al cansancio. Observo de reojo cómo vierte en un vaso metálico la bebida oscura y amarga, me muerdo el labio y pregunto:

-¿Por qué te fuiste de tu casa?¿Por qué abandonaste a tu familia hace dos años?

viernes, 21 de enero de 2011

Sonriendo con las pupilas



Entreabro los ojos, me duele la cabeza y escucho de nuevo un murmullo, pero no es igual al anterior. La voz vuelve decir algo, pero no capto las palabras. Mi cabeza da vueltas y no ubica los sonidos. Noto algo sobre la frente, al igual que siento que mi piel está sudorosa y pegajosa. Frunzo el ceño y por fin logro identificar las palabras, es la voz de Eleazar y repite mi nombre una y otra vez sin cesar. Abro los ojos por completo y observo una sonrisa en su rostro.

-No me habías dicho que estuvieses enferma.

¿Enferma? Yo no estoy enferma, bueno no lo estaba esta mañana. Me intento levantar pero la mano de Eleazar me impide incorporarme y me echa de nuevo hacia abajo diciendo:

-No te preocupes, no te voy a matar ni nada por el estilo.

Sonrío pero me duele la cabeza con cualquier movimiento que haga, y los ojos me escuecen al mantenerlos abiertos, no se escucha ningún ruido más en la casa.

-Están durmiendo, Eve y Asa quiero decir-contesta como si me hubiese leído la mente.

Eleazar me asombra por momentos, mi primera impresión de él ha sido que es un egocéntrico y que se cree importante, pero por cómo se está comportando conmigo comienzo a pensar que, quizás, tiene un lado bondadoso. Me quita el paño mojado de la cabeza y escucho como lo escurre y lo vuelve a mojar para colocármelo en la frente con agua fría.

-Debes dormir, yo te vigilo.

En este momento me acuerdo de mi madre, de aquella vez en la que enfermé y no cesó de humedecerme la frente y realizar infusiones de diversas plantas para que mejorase. Estuve cerca de una semana enferma, pero ella siempre estuvo a mi lado velando mi sueño. Pero no está mi madre. Está Eleazar, y debo aceptarlo. Debo aceptar que mi madre no regresará, no resurgirá de sus cenizas, ni volverá a trenzarme el pelo, ni a tocar la punta de mi nariz con su dedo índice.

-Gracias-murmuro, pero soy consciente de lo que he dicho, una vez mis labios ya lo han pronunciado.

Mis ojos se cierran en escasos segundos y me hundo en un sueño oscuro, sin susurros ni bosques. Simplemente un sueño en negro, de estos sueños que no sabes si lo son o si por el contrario son pesadillas, ya que no ocurre nada en ellos. Simplemente te despiertas a la mañana siguiente con la sensación de no haber dormido y de estar vacío. Pues eso es lo que me ocurre.

Me despierto cuando el sol, ya brilla con fuerza en lo alto, la cabeza no me duele tanto como por la noche. Me levanto y observo a mi alrededor restregándome los ojos, hasta que veo los suyos, mirándome y sonriéndome con sus pupilas.